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El niño estaba dentro de la ballena
“Por ahora se llama Jonás, porque está dentro de la ballena”. Yo era la ballena y así fue como mi marido puso nombre a nuestro primer hijo (provisional pues no sabíamos aún si era niño o niña en ese estadio inicial del embarazo). Tengo tres hijos: Jonás, Leo y Nico. Solo que Jonás no llegó a nacer y lo perdimos en el embarazo. Pero cuando me preguntan cuántos hijos tengo, respondo la realidad exacta: tengo tres hijos.
Un martes sangré una gota y me indicaron reposo absoluto por una amenaza de aborto, pero ahí estaba Jonás aún, aferrándose a su cuerpo y al mío. Unos días después me levanté por la mañana y me sentí sola, hueca, como si hubiera perdido una presencia que me acompañaba en todo momento, y supe interiormente que ya no estaba mi hijo dentro de la ballena. Seguí en reposo tres días más y manché otra gota; en el hospital me contaron que no había latido ni crecimiento. Efectivamente, Jonás no nacería, no le mordería los mofletes, no le vería crecer, no le preguntaría las tablas de multiplicar. Estaba ahí, en el ecógrafo, la imagen de su cuerpo diminuto, pero no su vida.
Con profundo dolor pasé a la cabina de la consulta a vestirme y entonces supe algo maravillosos: nadie me había robado nada, sino que se me había regalado. Yo era madre y eso era inmutable. Me sabía madre de Jonás y, a fin de cuentas, esta vida consiste en llegar al Cielo habiendo colaborado con Dios cumpliendo nuestra misión en la tierra. Mi abuela dedicó a ello cien años porque tenía mucha misión aquí; mi hijo solo unos meses de gestación porque su misión estaba allí. Pero ambas vidas terrenas duran un infinitésimo en la eternidad y la vida de ella no tiene más valor que la de él. Y Jonás era una persona que había existido en la historia, gestado en el 2010; yo era madre. Madre de un hijo que está junto a Dios, que el Señor creó con la colaboración de mi marido y mía para que fuera directo a Él. Y el regalo de ser madre ya nadie podría quitármelo.
Amoris Laetitia, en el punto 171, expresa “ese niño merece tu alegría”. Jonás la merecía. La alegría de haber colaborado con Dios en la creación de sus hijos. Y todo eso había sucedido. Junto al dolor por la espera de toda esta vida para poder estar con mi bebé, junto a la sensación terrible de tener un hueco en el vientre y estar sola, sentí una profunda alegría y gratitud pues era madre y Jonás existía y pasaría con él la eternidad.
El libro de Jeremías lo deja claro: “Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré” (Jr 1, 5). Jonás estaba ya consagrado, en el amor del Padre que explica esta cita con tanta ternura, en mi deseo de bautizarlo. Dios soñó con Jonás desde que creó el mundo, le escogió, le consagró antes de nacer. Mis hijos no son míos sino hijos de Dios que él me presta para enseñarme a amar y para que les guíe hacia Él. En este caso, me dio a Jonás para que sea él quien nos guíe hacia Dios.
No fue una pérdida, fue un regalo. Tengo tres hijos. Resucitaremos y lo hará también Jonás y allí podré estar con él, podré darle el beso que no pude darle aquí. Tengo tres hijos y el niño que estaba dentro de la ballena también merece mi alegría.
María Ferrero Soler
Ultreya de Talavera de la Reina. Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

